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De Quimeras y Ensoñaciones

Cuerpo de Guitarra

Para no sucumbir
ante la tentación
del precipicio
el mejor tratamiento
es el fornicio.

Mario Benedetti.

El alma se me escapa en las miradas, no te prometo nada porque ya sabes que no creo en las promesas. Ojalá que un día reciba alguna señal tuya, sabré que sigo viviendo en tu recuerdo. Allá donde el mar cruza la llanura, donde las gaviotas trepan montañas, donde los helechos saben a néctar de grosellas, allá donde la luna llora sangre de frambuesas que riegan las estepas desoladas, allá te seguiría con mi mirada, con ese alma huidiza de raíces en el aire, de matices chispeantes de filigranas, de chocolate con nata, de un viaje alucinante a tus entrañas calientes y palpitantes.
Ahora ya no estás, te has ido, te escribo esta carta para decirte que te deseo. Te echo mucho de menos. Echo de menos tus caricias de terciopelo, tus besos de fuego, tus labios rozando cada centímetro de mi cuerpo, tu piel, tu figura, ese cuerpo de guitarra. Ahora que tú no estás, la descuelgo de la pared y danzo con ella. He anclado tu fotografía en el mástil, y apoyando su caja sonora sobre mi vientre y mis dedos pulsando las cuerdas, doy vueltas y más vueltas hasta entrar en un trance de desmayos, en los cuales sueño con tenerte de nuevo entre mis brazos y beso tu cara reflejada en esa foto de no hace tanto, pero me sabe a papel plastificado, no hay chispas, no hay fuegos artificiales, no sabes cuanto te añoro y te deseo. Mi musa. Mi inspiración. Mi enigma. Mi amante. Mi sirena. Mi princesa. Mi ángel. Mi cuerpo de guitarra.

Lo prohibido se me antoja un capricho que contraviene las normas de honestidad, un pecado, lo ilícito, un delito clandestino ¡Mas cuánto deleite y fruición el gozar con el fruto ajeno! .
Eras manjar vedado para mi paladar, propiedad privada, solar tomado por otro hombre, ese ser al que llamabas vil y grotesco, pero con el que compartías su cama. Ese esposo figurante, comparsa de tus pesadillas, pagador de tus caprichos, y por ende, mi mejor amigo, mi hermano, mi cómplice de juergas en la noche. Si yo te hubiese contado las mujeres con las que compartimos cama, ahora, nos odiarías a los dos con toda tu alma. No quiero engañarte, nunca fui capaz de ocultar mis sentimientos, la sinceridad siempre fue mi gran defecto, pero la lealtad la superaba y sin embargo la pasión hizo trizas toda sinrazón, de un plumazo barrió todos mis principios. A él le traicioné y a ti te mentí. Jugué a dos bandas, con las cartas marcadas, me inventé un farol y los cristales rotos laceraron la piel de las bajas pasiones, de los animales en celo que éramos tú y yo. Te pido perdón.

Pero tu carne era el deseo hecho lujuria, esas curvas tridimensionales de tu figura me enloquecían cuando mis sentidos te notaban cerca, y era entonces cuando dejaba de sentirme un ladrón y mi barco cruzaba mares embravecidos que nunca desee apaciguar. Era irreal, una fantasía onírica, un deseo, la tentación de un cuerpo femenino oliendo a jazmín, de un beso de amigo, de unos senos blandos y suaves apoyados sobre mi pecho en tantos abrazos que nos dimos, inocentes, si, inocentes al principio, cuando tan sólo eras la mujer de él, pero un día, sin saberlo, dejaste de serlo, para convertirte en un cuerpo de guitarra y deseaba tenerte, besarte, abrazarte, tocar tu piel, sentir mi cuerpo temblar con tu mirada. Dejaste de ser una hermana, te hiciste mujer para mí y yo me hice traidor, ladrón, usurpador de cuerpos, de caricias que tú dabas filiales y yo recibía como un amante. Mi conciencia luchó denodada y bizarra contra el apetito carnal, ¿recuerdas esos meses largos de ausencia?, con excusas banales, era mi lucha interna que me alejaba de ti, y de mi traición cobarde hacia él, pero no soy luchador, y en las noches soñaba contigo, esas caderas, esa piel blanca, esos senos bajo el jersey verde, y al hacerlo con chicas de hotel barato, cerraba los ojos y era tu cuerpo, eras tú la que gemía debajo, eran tus nalgas las que apretaban mis manos, tus pechos los que sobaban mis dedos y tus pezones los que mis labios chupaban y mi lengua empapaban en lametones de océanos. Eras tú. Siempre tú, sin serlo, y sabes, al abrir los ojos, el encanto se esfumaba, la magia se trasladaba a los billetes de euro con los que pagaba aquella cita nocturna y un amargo cáliz teñía mi noche de insomnio, y deseaba llamarte y escuchar tu voz, y tenerte entre las sábanas y gozar contigo y hacerte el amor hasta el final de los tiempos, cabalgando a horcajadas sobre tus lomos, cual enjaezada yegua briosa de cuentos de hadas.

En vuestra inocente confianza, y esa amistad que yo traicioné, vosotros, ingenuos, metisteis al zorro en el gallinero, y tú, inquieta y dicharachera, deseaste aprender a tocar la guitarra, y yo, poniendo mil excusas inventadas, y tú insistiendo, y él apoyándote y dejé de acompañarle en sus juergas nocturnas para habitar en tu casa. A él le había salido perfecta la jugada, te tenía entretenida conmigo, con su amigo, su hermano, esa persona en la que confiaba y tú ya no le podías echar en cara sus salidas a destiempo que él te contaba pasaba con amigotes de parranda. Una guitarra para una mujer que ya tenía ese cuerpo, esos dedos largos que pinzaban las cuerdas y sujetaban la púa con ternura de poeta haciendo verso a su amada. Y caí en el pozo de las tentaciones, de las voluptuosidades, de los paraísos forrados con pétalos de rosas. Yo me había enamorado de tus formas y redondeces, de tu envase externo, te juro que si pudiese, hubiese hecho un molde, te hubiese arrancado la piel, rellenado de ternura y te habría traído conmigo, dejándole para él tu interior, tus entrañas y sentimientos, eso que llaman belleza interior, tan solo deseo tu coraza, el contorno, tu belleza física. No me enamoré de ti. Te desee. Un deseo animal, indecente, corrupto, impuro, sensual, erótico. Penetrar en ti.

Esa noche, a luz de luna, rasgabas una guitarra desafinada. Te pregunté sobre tus cuitas y pesares y unas lágrimas desafiantes pugnaban por estallar en tu rostro. Dejaste la guitarra. Me abrazaste y sollozando dijiste que él te engañaba. Tu pelo olía a osito de peluche, te enjugué esas lágrimas rebeldes, te tuve tan cerca, tan infantil, tan desvalida que me aproveché de tu debilidad, me bebí tus lágrimas a besos, sonreíste, besé tu sonrisa, no te negaste, no resististe, besé tu cuello, mis manos se posaron sobre tus pechos, dos espinas se me clavaron en las palmas, una blusa cayó al suelo, mis manos acariciaban tu cintura, mis labios se posaron en tus senos, la falda cayó al suelo, mi sexo despertaba, tus nalgas se me ofrecían cachetudas y libres, y fuimos un único ser, compenetrados, gimiéndole a luna cual dos gatos en celo, te dejaste hacer, yo me perdí en ti, te tuve, te poseí, te forcé, la magia corría, el corazón hacía tic tac a marchas forzadas, la cópula entre dos animales vestía de sudores la habitación mientras la guitarra dormitaba con los ojos cerrados vuelta hacia la pared, escondiendo la traición. Entraba y salía de tu cuerpo desnudo, una y otra vez, una y otra vez, mi cabeza retenía explosiones, mi lengua acariciaba tu piel empapada en sal, chupaba tus cimas coronadas de nieve perpetua, el inicio del universo, escurriéndose fluidos, manando corrientes bravas sobre cuerpos candentes, lujuriosos, enfermizos casi, febriles, denotando la pasión a borbotones, a empellones de músculos erectos, grandilocuentes, gozadores de lo prohibido, de lo divino, del instante del momento, ese momento que trágicamente se vistió de regreso, de su regreso, de la fatídica trama del destino que pone al descubierto las traiciones. Él regresó esa noche. Nos vio. Venía borracho. Tú eras la más débil, te golpeó con su puño cerrado. Te defendí. Cayó al suelo y se golpeó contra algo. Luego la sangre. Tus gritos ya no eran gemidos de placer, eran de rabia, de ira, de frustración. Me llamaste asesino y me echaste de tu lado, te quedaste con él.
Que curiosa es la vida, ahora que está muerto le has elegido sobre mí y yo ando errando más allá de ti, en otro país, un apátrida, un tránsfuga de mi propia gente, siempre huyendo y escondido, buscado, sin querer dar la cara, tú sabes que fue un accidente, pero ellos no y no pienso ir a la cárcel por un delito que no cometí, por desearte, por defenderte, por haberte hecho mía el día de su muerte. Te deseo. Adiós para siempre.

P.D. Está carta apareció encerrada en la caja sonora de una guitarra de un vagabundo que encontraron muerto a los pies de la tumba de un cementerio.

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